sábado, septiembre 18, 2021

El exorcismo de Almansa

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Rosa González Fito nació en Almansa, provincia de Albacete, España, el cinco de enero de mil novecientos cincuenta y cuatro. Tras una niñez sin traumas ni sucesos extraños, decidió abrazar el camino de las prácticas curativas rituales.

Es decir: se hizo sanadora. Hay quien podría meditar que era una salida agobiada, una forma de sacar a medias las cuentas imponiendo manos sobre heridas y recetando brebajes por el hecho de que no tenía dónde desplomarse fallecida.

Solamente lejos de la realidad: la España rural de los años setenta y ochenta era terreno abonado para esta clase de charlatanes. Sin ir más allá, en Almansa, una localidad de unos veinte con cero habitantes en aquella temporada, había más de trescientos cincuenta sanaderos de uno y otro sexo ganándose realmente bien la vida.

A Rosa le iba en especial bien. Tanto, que persuadió a su marido, Jesús Fernández Pina, a fin de que dejase su trabajo y ejercitara de portero y secretario en la residencia familiar, que es donde la sanadora recibía a sus pacientes. El matrimonio, a propósito, tuvo una hija — Rosita— en mil novecientos setenta y nueve. A ojos del pueblo, los 3 formaban una familia envidiable.


Las cosas comenzaron a mudar a fines de la década de los ochenta, cuando comenzó a extenderse la creencia de que los sanaderos más eficaces eran los que trabajaban en pareja. Rosa se vio obligada a amoldarse a los tiempos y reclutó a su hermana Ana. Esta no tenía ni la más mínima idea de curación e inclusive le costaba fingir estar realizando algo trascendente a lo largo de las sesiones, mas la cosa funcionó y Rosa consiguió sostenerse como de las mejores sanadoras de la localidad.

“¡SAL, CABRÓN!”


Entonces tuvo la idea. ¿Por qué razón no curar en trío? No lo pensó demasiado. Llamó a una de sus pacientes de mayor confianza, María Ángeles Rodríguez Espinilla, a fin de que se uniese al equipo. Entonces no se sabía, mas Rosa y María Ángeles llevaban tiempo sosteniendo una relación sentimental.

Lo del trío funcionó a medias, con lo que Rosa decidió subir la apuesta: convocar asimismo a la hermana de María Ángeles, María Mercedes, y entre las 4 montaron la nueva consulta de curanderismo para ofrecerla a todo el poblado.

Este era el contexto el quince de septiembre de mil novecientos noventa. Un sábado común. Ese día, las 4 mujeres salieron a cenar y, tras la sobremesa, Rosa y María Ángeles creyeron que sería ameno ver de qué manera sus respectivas hermanas entablaban una relación íntima como la que tenían.

No lo afirmaron de esta forma, claro: plantearon una sesión de espiritismo en la residencia de Rosa y de tal modo empezó lo que acabaría transformándose en uno de los crímenes más terribles en toda la historia reciente de España.


Para la sesión de espiritismo, Rosa y María Ángeles llevaron múltiples substancias sicotrópicas. Tras consumirlas, se desataron los más bajos instintos de las 4. Lo que prosiguió fue una orgía de tintes satánicos —las mujeres practicaron sexo, orinaron, evacuaron y también invocaron a todo género de criaturas mientras que proseguían consumiendo drogas a puerta cerrada en exactamente la misma habitación— que duró múltiples días.

El dieciocho de septiembre, 3 días tras haber comenzado aquella orgía y ya en un estado completamente lamentable, sucedió algo: María Ángeles tuvo su periodo menstrual. Entendiendo esto como un signo del propio Maligno, Rosa llamó a su hija Rosa a la habitación. Cuando la muchacha entró, fue inmovilizada por las mujeres.

A continuación, Rosa le metió la mano por el tracto rectal y comenzó a desgarrar y extraer sus órganos vitales mientras que gritaba: “¡Sal, cabrón!”. La pequeña desfalleció y, media hora después, murió. La orgía acabó cuando el marido de Rosa penetró por fuerza en el cuarto

Las mujeres fueron detenidas, interrogadas y juzgadas por la Audiencia de Albacete, que determinó que Ana y María Mercedes no habían participado activamente en la muerte de Rosa. En lo que se refiere a Rosa y María Ángeles, se probó que fueron quienes mataron a la hija de la primera, mas al tiempo, el juez concluyó que padecían trastornos mentales, de forma que fueron declaradas no responsables legalmente de los hechos. Ninguna de ellas pisó la prisión.

La sociedad de España, como resulta lógico, sigue sin salir de su sorprendo.

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