sábado, junio 19, 2021

«El Sátiro de San Isidro»: El Asesino Serial Correntino olvidado por la Historia

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«El Sátiro de San Isidro»: El Asesino Serial Correntino olvidado por la Historia​

Francisco Laureana nació en Corrientes en 1952, su infancia trascurrió como interno en un colegio católico. Fue seminarista en una orden religiosa, lugar del que huyó luego de haber violado y ahorcado a una monja en las escaleras del establecimiento. La historia del asesino serial olvidado por la historia.

Si se habla de asesinos seriales en Argentina,
rápidamente surgen los nombres de Carlos Robledo Puch o Santos Godino, «El petiso orejudo». Sin embargo, un criminal mucho más peligroso aterró al país, y por alguna razón lentamente desapareció de la memoria colectiva.
Existen sólo tres fotografías de Francisco Antonio Laureana y todas fueron tomadas por peritos forenses en la morgue, antes de la necropsia. La mirada fría de su cuerpo sin vida no distaba de la que tuvo mientras vivía, según un testigo que aportó datos claves para realizar el identikit con el que prácticamente se empapeló la zona norte de la provincia de Buenos Aires. Los investigadores le adjudican quince violaciones y trece crímenes, entre 1974 y 1975, pero no pudieron saberlo con certeza porque ese cazador de mujeres y niñas fue acribillado a balazos antes de que pudiera confesar.

Para atraparlo, los detectives le pusieron varios anzuelos: policías con peluca rubia y mujeres tomando sol en piletas. Nunca lo mordió. Su último ataque no llegó a concretarse: una nena lo vio parecido al identikit que estaba pegado en la heladera y le contó a su madre. La mujer simuló llamar a su marido y el asesino, sonriente, se retiró de esa casas con sigilo.

Las portadas de los diarios le dieron un espacio a su muerte y lo apodaron «el sátiro de San Isidro». En esas lineas lo describían como un inhumano que mataba a sangre fría y con absoluta premeditación: señoritas y niñas de ese barrio que tomaban sol en casas coquetas o que esperaban algún colectivo, al igual que las pequeñas que jugaban en los jardines, eran el blanco fácil de aquel maleante.
«La policía de la provincia de Buenos Aires solicita al vecindario, en el caso de observarse circular por las arterias de la zona a personas cuyas características fisionómicas guarden similitud con la imagen, se de inmediato aviso telefónico a la dependencia mas cercana», decía el texto que acompañaba esta imagen.

Laureana nació en Corrientes en 1952, su infancia trascurrió como interno en un colegio católico en la ciudad de Corrientes, fue seminarista en una orden religiosa, lugar del que huyó luego de haber violado y ahorcado a una monja en las escaleras del establecimiento. La dejó colgada del techo con una soga. Luego de eso -quizás su primer crimen- se mudó a Buenos Aires en julio de 1974 y se instaló en San Isidro, donde vendía aros, pulseras y collares que él mismo hacía. Al poco tiempo, fue a vivir con una mujer que tenía tres hijos. «No saques a los pibes porque hay muchos degenerados sueltos», le aconsejaba.
Casi todos los miércoles y jueves cerca de las 6 de la tarde una mujer o una niña en la ciudad desaparecían y sus cuerpos eran encontrados poco tiempo después en baldíos, con signos de haber sido violadas y asesinadas salvajemente: las estrangulaba o las baleaba con un revólver calibre 32, contó el escritor Rodolfo Palacios en un articulo sobre «el asesino puntual».

Su modus operandi incluía el robo de objetos personales de las victimas, como un anillo, una pulsera, una cadenita, etc., que guardaba como un trofeo en una bota que tenía en la casa que compartía con su mujer e hijos. Quienes analizaron su conducta aseguraron que «en ocasiones regresaba al mismo lugar para revivir el momento del crimen». Señal de una mente morbosa y siniestra.

Dos niñas de 5 y 7 años, hijas de un matrimonio joven, fueron asesinadas a fines de enero de 1975. Una tarde, alrededor de las 17:30, la madre de las pequeñas había salido a hacer las compras por los comercios cercanos y al regresar se encontró con el peor panorama: el cuerpito de Carmen, su hija de 5 años, estaba tendido en el suelo del comedor con signos de haber sido estrangulada. Presa de un ataque de nervios, salió a la calle a pedir socorro a sus vecinos y al retornar con ellos a la casa vio que en la cama matrimonial yacía el cuerpo de Nora, su otra niña de 7 años. Tenía una almohada tapándole la carita. Al quitarla vieron que un disparo en la frente la había matado.

Unas horas más tarde, una vecina declaró a la policía que había escuchado un ruido en aquella vivienda y que se acercó para ver qué pasaba, pero solo vio a un hombre alejarse de esa casa. «Como levantó la mano para saludar creí que sería uno de los tíos» de las menores. Cuando mataron a Laureana, la testigo fue a la morgue y lo reconoció como la persona que vio aquel día.

Hubo un testigo clave en este caso: el hombre que se topó con Laureana luego de que cometiera uno de sus aberrantes crímenes. Lo vio saltando un techo y recibió varios disparos como respuesta, pero resultó ileso. De inmediato, aportó datos para que se dibujara el identikit y de ese modo poner en alerta a toda la sociedad. Había un asesino y sátiro suelto.

El 4 de marzo de 1975 una publicación policial detalla el accionar delictivo y levanta testimonio de quienes fueron protagonistas de la redada. Dijo entonces el sargento Domingo Ledesma: «Era ágil y saltaba los cercos como un gato, pero no pudo despistarnos; (…) lo seguimos hasta que lo vimos desaparecer en una casa de la calle Esnaola», donde minutos después fue abatido.

El Sátiro de San Isidro

Clasificación: Asesino en serie

Características: Violador

Número de víctimas: 13 +

Fecha del crimen: 1974 – 1975

Perfil de la víctima: Mujeres

Método del crimen: Arma de fuego – Estrangulamiento

Lugar: Corrientes / San Isidro, Argentina

Estado: Murió abatido a tiros por la policía el 27 de febrero de 1975

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