lunes, marzo 1, 2021

La viuda negra Japonesa

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La sociedad nipona debió aguardar 3 años para poder ver a la viuda negra de Kioto –ése fue el apodo que le dio la prensa– sentada en el banquillo de los acusados. Si bien se le atribuían 3 asesinatos y un intento de homicidio, absolutamente nadie pensaba que el número de sus víctimas fuera tan bajo. Ciertos medios llegaron a publicar que hasta catorce abuelos habrían caído en sus garras.

El modus operandi siempre y en todo momento había sido el mismo: la viuda negra se presentaba ante ellos como una persona cariñosa, afable y enamorada para entonces suministrarles el veneno que terminaría con sus vidas. Las alarmas brincaron cuando se advirtió que los ancianos que sostenían una relación con ella acababan falleciendo en circunstancias extrañas.

En el primero de los días del juicio, los ojos de millones de nipones se posaron sobre la mujer más peligrosa del país. Muchos no daban crédito. La persona que aparecía en el banquillo era Chisako Kakehi, una señora de setenta y uno años que, además de esto, se había declarado inocente tanto de los 3 asesinatos como del intento de homicidio. En ese instante, todo el planeta se hizo exactamente la misma pregunta: ¿de qué forma puede una persona tan débil y de apariencia hasta inofensiva ser la mayor asesina de el país nipón?

PERSIGUIENDO SU DESTINO


Chisako Kakehi (Chisako Yamamoto, conforme su acta de nacimiento) vino al planeta el veintiocho de noviembre de mil novecientos cuarenta y seis en Kitakyushu, una urbe de la prefectura de Fukuoka. Fue una estudiante refulgente en el instituto y pronto mostró ambiciones académicas. Deseaba ir a la universidad. No obstante, haber nacido dentro de una familia de clase media muy tradicional en el el país nipón arruinado después de la Segunda Guerra Mundial auguraba una adolescencia frustrada. Su padre deseaba para su hija un buen marido y que continuara en el hogar.

Al final, su progenitor se salió con la suya. Kakehi dejó el trabajo que había logrado en un banco cuando se casó con su primer marido en mil novecientos sesenta y nueve. El hombre con quien Kakehi prometió pasar el resto de su vida era un camionero de la ciudad de Osaka que había hecho fortuna a lo largo de la reconstrucción de la nación. Uno de los negocios que manejaba era un taller de publicidad, un dato supuestamente intrascendente, salvo por un detalle: merced a dicho taller, Kakehi conoció la existencia de un compuesto químico llamado cianuro. La pareja tuvo 2 hijos. A ojos de su ambiente, parecía un matrimonio feliz.

No obstante, en mil novecientos noventa y cuatro ocurrió algo extraño. El marido de Kakehi murió de repente por causas que los médicos no pudieron explicar. Lo llamativo es que la muerte le llegó exactamente la misma noche en que le iban a dar el alta del centro de salud donde se hallaba tras haber sufrido un ataque al corazón. Tenía cincuenta y cuatro años de edad, conque era parcialmente joven para los estándares de la sociedad japonesa.

Tras la muerte de su marido, Kakehi procuró hacerse cargo del negocio familiar. Le preocupaba ya no tener exactamente el mismo poder adquisitivo y estatus. No tuvo éxito. En dos mil tres debió cerrar, subastar su casa y comenzar a vivir de la caridad de los vecinos.

Kakehi se vio, de súbito, sola y con la cuentabancaria en números colorados. Estaba agobiada, conque decidió desplazar sus fichas y hallar un segundo esposo. Lo encontró en un sexagenario, gerente de una farmacéutica, originario de la prefectura de Gunma. El matrimonio duró un par de años. Poco tras su aniversario sesenta y nueve, el hombre murió en circunstancias extrañas. Los médicos acabaron por determinar que se había tratado de un paro cardiaco. De esa forma, Kakehi, a quien muchos veían como una pobre viuda que había sido apaleada nuevamente por la vida, se puso a buscar un tercer marido.

RED DE MENTIRAS


En dos mil siete comenzó a salir con Toshiaki Suehiro, un funcionario retirado que vivía en Kobe. La relación no prosperó por el hecho de que, un buen día, Suehiro se cayó en medio de la calle. Afortunadamente, el retirado no murió en el acto y pudo ser trasladado a un hospital, donde consiguieron salvarle la vida. Si bien le quedaron secuelas, consiguió vivir un par de años más, hasta dos mil nueve, cuando murió a raíz de un cáncer.

Poquitos meses una vez que Suehiro se cayera y de que Kakehi rompiera su relación con él, la viuda se encontró con Toshiaki Yamamoto, el responsable de una cooperativa agropecuaria. El hombre tenía setenta y cinco años y se casaron al poco tiempo. Parecían felices hasta el momento en que, a los 3 meses, Yamamoto murió de forma repentina. Los médicos sospecharon que había sido un ataque al corazón, mas Yamamoto no tenía antecedentes médicos que apuntaran en esa dirección.

Cuando los médicos efectuaron la necropsia del cuerpo hallaron restos de cianuro. Incomprensiblemente, el descubrimiento, sumado a la trayectoria de Kakehi, no levantó ninguna sospecha. La viuda empezó entonces la busca de una cuarta parte esposo.

“LOS MARIDOS DE KAKEHI MORÍAN SÚBITAMENTE, POR CAUSAS QUE LOS MÉDICOS NO PUDIERON EXPLICAR.”


En el mes de septiembre de dos mil once, un señor de setenta y uno años llamado Masanori Honda le entregó un anillo de compromiso a Kakehi, mas 6 meses después tuvo un accidente con la motocicleta y murió en el centro de salud.

Los médicos certificaron que su fallecimiento se debió al choque. Sin embargo, les sorprendió descubrir que un poco antes del percance el anciano había sufrido un episodio de arritmia; esto es, había experimentado irregularidades en las contracciones del corazón.

Año y medio después, ya en dos mil trece, Kakehi estaba de nuevo comprometida, esta vez con Minoru Hioki, un arquitecto técnico retirado de setenta y cinco años de edad. De nuevo, las cosas no duraron mucho: una tarde, su salud empeoró súbitamente. El certificado médico estableció que la muerte de Hioki debió ver con un cáncer de pulmón que no había sido diagnosticado.

Tras este acontencimiento, Kakehi salió a buscar un nuevo hombre. Lo halló poquitas semanas después –Isao Kakehi, de setenta y cinco años– y se casaron enseguida. Él no tuvo mejor suerte que las parejas precedentes de Chisako. En la Navidad de dos mil trece fue encontrado fallecido en su hogar. Apenas llevaban un mes de convivencia.

Este último caso levantó muchas sospechas, mas no había pruebas que relacionasen a la viuda con lo ocurrido. De forma muy inteligente, Kakehi había ordenado la cremación de los cuerpos de sus precedentes esposos conforme iban falleciendo. De este modo, no se podían reiterar las necropsias en pos de posibles pruebas incriminatorias. Daba la sensación de que el caso iba a quedar abierto indefinidamente cuando los estudiosos lograron una muestra de sangre del último marido. Alguien en el centro de salud había decidido guardarla. Y dio positivo en la prueba del cianuro.


BÚSCAME PAREJA, CASAMENTERA

La policía deseó interrogar a Kakehi para procurar aclarar qué le había pasado a su última pareja, mas la viuda se mostró hundida por el dolor. Incluso de esta forma, hubo un estudioso que no mordió el anzuelo. La creía responsable de lo sucedido y tenía varias preguntas para ella: ¿de qué manera había conocido tan veloz a Isao Kakehi y al resto de sus maridos? ¿Los estaba envenenando? Y si era de esta forma, ¿por qué razón?

Ciertos agentes comenzaron a proponerse que quizás se encontraban frente a una de esas femme fatales que aparecían en ciertas películas de Hollywood. Hay que tomar en consideración que ese género de crímenes son realmente poquísimo usuales asimismo en el país nipón.

Cuando la investigación avanzó, se descubrió que Kakehi empleaba agencias de citas –hasta diez a la vez– para conocer hombres y que el perfil que procuraba era siempre y en todo momento el mismo: ancianos, sin familia, ricos y, de ser posible, que padecieran alguna enfermedad. “Me voy a quedar contigo el resto de tu vida”, le escribió a su último marido en un e-mail que halló la policía.

Los medios la tenían simple y el apodo brotó al instante: “la viuda negra de Kioto”, en referencia a las conocidas arañas que procuran matar a sus compañeros tras haber copulado con ellos. La tormenta mediática que acompañó a todo el caso fue tremenda. La prensa especuló sobre cada uno de ellos de los detalles de la vida sentimental de Kakehi. En un instante dado apareció un hombre que afirmó haber salido con la viuda negra en dos mil once. Entonces tenía sesenta y dos años. Declaró frente al tribunal que, a pesar de todas y cada una de las acusaciones que encaraba, a él le parecía una buena persona. “Mi mujer murió y vivir solo me parecía realmente difícil, de ahí que deseaba vivir con Kakehi”, explicó. “Cuando le afirmé que tenía una rodilla lastimada, comenzó a darme consejos sobre de qué manera hacer estiramientos a fin de que mejorara la situación.”

INTERESADA EN LA BOLSA


Brotó otro testigo, alguien que había perdido a su mujer en los años noventa. Estaba tan agobiado, solo, que decidió confiar en Kakehi. Tras la cuarta cita le dio una imitación de las llaves de su casa. Cuando Kakehi vio que le daba su confianza, comenzó a preguntarle por sus acciones bursátiles y las inversiones que hacía.

Aun se ofreció a administrar su patrimonio. La cosa no fue a más pues el hijo del viudo sospechó del interés de Kakehi y se interpuso, acusándola de ser una ventajista. En esa ocasión la viuda negra puso tierra por el medio. Parece obvio que la presencia del hijo empañaba su sensación de impunidad. En el mes de noviembre de dos mil catorce, la policía acusó en público a la viuda negra de Kioto de haber cometido múltiples asesinatos.

El juicio empezó el veintiseis de junio de dos mil diecisiete. El primero de los días, cientos y cientos de personas se reunieron frente a las puertas de los juzgados. Los fiscales cargaron con dureza contra Kakehi, a quien acusaron de cometer “crímenes terribles motivados por pura avaricia”. Kakehi había conseguido amasar ochenta y seis millones de dólares estadounidenses en los últimos diez años merced a sus maridos.

Su sistema consistía en lograr que los hombres con los que se veía pusiesen a su nombre los activos, inmuebles y otras unas partes del patrimonio. La acusación explicó, asimismo, de qué forma Kakehi envenenaba a sus maridos y amantes. Según parece, ponía cianuro líquido en los antídotos caseros que preparaba para tratar ciertas afecciones.

A veces lo proveía en forma de cápsulas. Lo hacía de este modo por 2 motivos: primeramente, pues es una forma reservada de terminar con alguien; asimismo por el hecho de que, de esa forma, podía percibir después la indemnización del seguro de vida de la víctima.

Por su lado, los abogados de la defensa hicieron todo lo que es posible para conseguir que el jurado dudara de la estabilidad mental de su clienta. De este modo, arguyeron que Kakehi era una desquiciante, algo que sugería un informe médico firmado en dos mil dieciseis.

Un par de semanas tras el inicio del juicio, Kakehi pidió subir al estrado a declarar. Esto extrañó a todos y cada uno de los presentes, puesto que había insistido en todo instante en continuar muda. Tras aclararse la voz, Kakehi confesó haber asesinado a su cuarto esposo, Isao Kakehi. “Maté a mi marido.

No tengo pretensión de esconderlo. Y si mañana se me condena a muerte por esto, voy a morir sonriendo”, aseveró. Y agregó que “quería matarlo por el hecho de que lo odiaba”. Kakehi explicó al jurado que su cuarto marido había repartido dinero entre sus precedentes esposas, mas que para ella jamás hubo nada.

Y que eso había provocado su furia asesina. Cuando le preguntaron de qué manera se sentía en ese instante, Kakehi respondió que “cincuenta por ciento arrepentida y 50 por ciento enfadada”.

“KAKEHI EMPEZÓ A PREGUNTAR A SU AMANTE POR LAS ACCIONES BURSÁTILES Y LAS INVERSIONES. INCLUSO SE OFRECIÓ A GESTIONAR SU PATRIMONIO.”
CON PERVERSIDAD Y ASTUCIA»


En la sala, su declaración vino seguida de chillidos de sorpresa. La confesión revelaba que esa señora de setenta y uno años, en apariencia inofensiva, era todo cuanto la acusación afirmaba que era. Un par de días después, Kakehi volvió a declarar, esta vez para asegurar que no se acordaba de haber hecho ninguna confesión. Sus abogados defensores arguyeron que Kakehi padecía demencia y que por ese motivo no se le podía solicitar responsabilidad penal.

El siete de noviembre de dos mil diecisiete, tras ciento treinta y cinco días de juicio, el juez Ayako Nakagawa, del distrito de Kioto, anunció la resolución del tribunal. “Las acciones se hicieron con premeditación”, explicó Nakagawa. “En los 4 casos, la acusada hizo que las víctimas tomaran un compuesto de cianuro.” El juez agregó los adjetivos “perverso” y “astuto” a la descripción de los crímenes. Entonces anunció que Kakehi era culpable de los 3 asesinatos y de un intento de homicidio y que, por consiguiente, quedaba sentenciada a fallecer en la horca. Kakehi recibió la nueva sin alterarse.

El juez terminó rechazando los razonamientos de la defensa, que se empeñaba en exponer que la mujer no era responsable de sus actos debido a los inconvenientes mentales que padecía. Y los rechazó citando una serie de e-mails que habían sido mandados en dos mil trece donde quedaba de manera perfecta claro que sabía lo que hacía.

En un último intento por salvar a Chisako Kakehi, la defensa apeló el fallo. Su postura era que no se había podido probar de qué forma consiguió el cianuro ni dónde lo tenía oculto –la policía sospechaba que estaba escondo en alguna planta de interior que sostenía en casa–. Al instante de redactar estas líneas, Kakehi prosigue en cárcel aguardando su final.

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