viernes, diciembre 3, 2021

Sara Aldrete, la madrina del Vudu

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La vida de Sara Aldrete ha sido contradictoria. De joven, esta mexicana relucía por su físico –una amazona de ciento ochenta m con una deslumbrante melena rubia– y por ser una estudiante fabulosa. Su familia presagiaba un buen futuro. No obstante, al finalizar sus estudios decidió reventar el estereotipo para transformarse en “La Madrina”, la enorme sacerdotisa de una secta satánica vinculada a los cárteles de la droga que acabó siendo famosa como la secta de los narcosatánicos.

Al lado de un amante llamado Adolfo Constanzo, de origen cubano y avecindado en la ciudad de Miami (Florida), Sara se dedicó a organizar rituales en los que se torturaba a personas y se efectuaban sacrificios humanos.

Fue condenada en mil novecientos noventa, si bien siempre y en toda circunstancia ha sostenido que Adolfo la raptó y la forzó a participar en la organización. Una versión que sus amigos de la niñez ponen en duda, puesto que –según afirman– siempre y en toda circunstancia estuvo ofuscada con el ocultismo.

ABRACADABRA, PATAS DE CABRA


Sara Aldrete nació y medró en Matamoros, una localidad del estado de Tamaulipas. Todos y cada uno de los días cruzaba el río Bravo para acudir a clase en una preparatoria de la urbe de Brownsville, en Texas.

Era, como ya se ha dicho, una estudiante refulgente y, además de esto, una enorme atleta: llegó a ganar el premio a la mejor pupila de Educación Física, daba clases de aeróbics y en el poco tiempo libre que le quedaba se dedicaba a echar una mano a las secretarias del instituto. Sus compañeros de clase y profesores (incluyendo la maestra de Antropología, que daba una materia sobre rituales religiosos) coinciden al rememorar a una chavala atenta, trabajadora y bien educada.

No obstante, tal como declaró después el sheriff George Gavito, no es extraño que los jóvenes de la frontera tengan vidas paralelas en dependencia del lado en el que se hallen en todos y cada instante. “Cuando cruzaba y entraba en México, Sara se transformaba en otra persona”, afirmó. Si bien tenía todos y cada uno de los papeles en regla para poder caminar de un país al otro, había pedido una beca para costear sus estudios en los E.U..

Nada extraño en eso. Lo hacen miles y miles de estudiantes de año en año. Lo extraño, dadas las circunstancias, era ver de qué forma estrenaba vehículo cada 2 por 3 y alardeaba de móvil en una temporada, finales de los ochenta, en la que prácticamente absolutamente nadie tenía uno. Sara hacía mucho dinero en alguna parte.


UNA INFANCIA COMPLICADA

Los primeros años de vida de la joven Sara fueron bastante más miserables de lo que hacían suponer las apariencias. La gota que vertió el vaso fue una boda que sus progenitores habían acordado cuando aún era una pequeña. En su desesperación por escapar del destino que la esperaba comenzó a juntarse con malas compañías. Adolfo Constanzo era un criminal vinculado al narco que se había fijado en ella cuando salía con uno de sus contrincantes. Merced a su gran carisma no le costó transformarse en guía de la joven.

El delincuente procedía de una familia que había practicado a lo largo de generaciones la santería –rito espiritista de origen afrocubano– y que defendía la idea de que ese rito es el único canal de comunicación con el más allí. Sabía de qué manera administrar el halo de misterio que le acompañaba y, en consecuencia, de qué forma apresar a las personas agobiadas que procuran dar sentido a su vida.

Da lo mismo que los espiritistas no tengan poderes sobrenaturales, por el hecho de que tienen algo considerablemente más importante: la capacidad de mudar la voluntad y el comportamiento de la gente que cree en ellos. Si a esa habilidad le sumamos que Adolfo, que proclamaba además de esto que sabía supervisar la muerte, era atractivísimo, no es realmente difícil entender de qué forma pudo enamorarse Sara de él.

HECHICERO DE FAMOSOS


A lo largo de bastante tiempo, la hechicería fue perseguida por las religiones monoteístas, mas en el siglo veinte, de alguna manera, logró establecerse como una práctica parcialmente glamorosa, puesto que la gente poderosa se siente maravillada por ella. En especial en Latinoamérica, donde el ocultismo está muy extendido en todas y cada una de las capas de la sociedad.

Adolfo Constanzo, alias “El Padrino”, recibía visitas de altos mandos policiales, esenciales cargos políticos y todo género de celebridades. Estos clientes del servicio firmaban, al llegar al rancho donde la secta organizaba sus rituales, un libro de símbolos que entonces era empleado por Adolfo y Sara en el ritual. Tras plantar su firma, el convidado explicaba sus deseos más íntimos.

La especialidad de Adolfo era el sacrificio. Afirmaba que había heredado el procedimiento de la santería practicada por sus ancestros y que le había dado un toque personal al incluir en él ritos africanos del Congo.

En esta clase de rituales no es extraño que los participantes depositen un bien apreciado –como, por servirnos de un ejemplo, una joya o bien el pelo de una mascota– en un recipiente para de esta manera asegurar la eficiencia del conjuro. Lo que pasa es que, si en circunstancias normales se sacrifica un conejo o bien un pollo, Adolfo optaba por sacrificar a personas. De tal modo que en vez de incorporar una pata de gallo al conjuro, metía un bíceps humano. ¿Resulta que el usuario desea asegurar la máxima potencia? No hay problema: se sacrifica a un pequeño pequeño o bien a un bebé. En el rancho de los narcosatánicos se hallaron ciertos cuerpos a los que les faltaba el corazón, el cerebro y múltiples vértebras.

“ADOLFO DECÍA QUE SABÍA CONTROLAR LA MUERTE Y ERA MUY ATRACTIVO. NO RESULTA DIFÍCIL COMPRENDER CÓMO PUDO ENAMORARSE SARA DE ÉL.”


“LA HABITACIÓN QUE SARA TENÍA EN CASA DE SUS PADRES PODRÍA FIGURAR EN CUALQUIER PELÍCULA DE TERROR: SANGRE EN LAS PAREDES, QUEMADURAS EN EL SUELO, ALTARES Y CIRIOS.


Si bien el negocio no iba mal, si uno desea lograr en México copiosos ingresos debe recurrir al tráfico de drogas. De ahí que la secta, en su vertiente más comercial, contaba con múltiples mulas encargadas de transportar cargamentos de mariguana a USA.

No obstante, Adolfo y Sara empezaron a estresarse. Pensaban que era cuestión de tiempo que estos portadores padecieran una redada policial. De esta forma, decidieron organizar un ritual para solicitar a los poderes ocultos protección frente a la policía.

Para esto precisaban un cerebro humano. Ningún problema: mandaron a múltiples discípulos a una de las avenidas más populares de la urbe, entonces infestada de jóvenes festejando las vacaciones de Semana Santa. Allá, los discípulos se encontraron con Mark Kilroy, un estudiante de Medicina. Lo raptaron, lo trasladaron al rancho de la secta y lo asesinaron.

Fue su mayor fallo. Kilroy era estadounidense y la presión política y mediática que padecieron las autoridades mexicanas tras su desaparición se trasladó a los narcosatánicos, que se transformaron en el centro de todas y cada una de las miradas.

El de Kilroy fue el último asesinato de la secta. Hasta ese instante, la justicia mexicana había sido inútil de apresar a los miembros de la secta pues, conforme el sheriff Gavito, muchos policías mexicanos asimismo creen en la magia negra. Para esos agentes era impensable detener a uno de los magos con mayor reputación y temidos de todo el país.

Gavito, un hombre con años de experiencia en la policía, fue quien tomó la iniciativa. Sabía que sus agentes y otros muchos individuos estaban encubriendo a los miembros de la secta por temor a que sus seguidores, que se contaban por cientos y eran unos genuinos entusiastas, tomasen represalias.

Conque comenzó por anular a éstos: descolgó el teléfono y llamó a los medios para explicarles la relación de la secta con el planeta de las drogas y desmentir, de esta manera, su supuesta pureza.

MENTIROSOS AL DESCUBIERTO


Exactamente la misma tarde de la llamada de Gavito a la prensa, una unidad de la policía asaltó el rancho de los narcosatánicos. Conforme se acercaban al lugar por un camino de tierra, hallaron ciertas cacerolas que habían sido empleadas en rituales. Las quemaron. El fuego se extendió por los aledaños del rancho, mas ni el conocido mago ni su gran hechicera, Sara, se materializaron para hacer algo a este respecto, como alguna vez habían prometido hacer si el sitio padecía un ataque.

La inexistencia de facultades mágicas, mostrada por su ausencia, hizo manifiesto que eran dos mentirosos. La policía fue suficientemente inteligente para grabar el episodio y mandarlo, después, a múltiples canales de TV nacionales. Ya no importaba el interrogante de si la magia realmente existe o bien no: Adolfo no había sido lo suficiente poderoso para derrotar a la ley. Él y Sara se dieron a la fuga.

Días después los dos fueron acorralados por la policía. Adolfo eligió la muerte ya antes que la prisión, y también hizo que uno de sus seguidores le soltase un tiro. Sara se entregó.

“Quiero ver a mi padre”, declaró cuando estuvo bajo custodia policial y los agentes le leyeron sus derechos. Aseguró que había sido obligada a escaparse con Adolfo y que se había enterado de los sacrificios humanos por la T.V.. Es más: solicitó, por favor, que se transmitiesen sus excusas a la familia de Mark Kilroy por lo sucedido.

Otro miembro de la secta, Álvaro de León Valdez, aseguró que Sara afirmaba la verdad. Sin embargo, cuando la policía la detuvo, estaba planificando escaparse a Matamoros y esconderse a lo largo de un tiempo. ¿Haría eso una víctima? Además de esto, el interior de la habitación que tenía en la casa de sus progenitores podría figurar en cualquier película de terror: sangre en las paredes, quemaduras en el suelo, altares y cirios. Toda la parafernalia propia de una secta satánica estaba allá reunida.

COMO EN CASA, EN NINGÚN LADO


Un amigo de la niñez, por poner un ejemplo, recordaba el día en que advirtió que no tocase determinadas joyas por el hecho de que podían “hacerle mal”. Otro recordó lo ofuscada que estaba con la película The Believers –un filme protagonizado por Martin Sheen sobre una secta que busca conseguir dinero a través de la magia negra–y de qué forma tras una vista de esta cinta se puso a charlar de la relevancia del ocultismo. Aun si no participó en los rituales de los narcosatánicos, indudablemente sabía de su existencia. Aquel sitio era donde se sentía cómoda, donde deseaba estar.

Fue declarada no culpable de la muerte de Adolfo Constanzo, mas la condenaron a 6 años de cárcel por pertenecer a la banda delincuente. Más tarde le dieron sesenta y dos años de prisión por su participación en múltiples de los asesinatos cometidos por la secta.

Una década tras entrar en el presidio, en el año dos mil, publicó un libro, Me afirman la narcosatánica (Debolsillo), en el que daba su versión de los hechos. Siempre y en toda circunstancia ha mantenido su inocencia con respecto a los asesinatos. En nuestros días Sara prosigue entre rejas, donde, conforme las autoridades penitenciarias, sigue practicando la santería.

Un aspecto fundamental de la fe es que el fiel considera estar efectuando lo que hace por las razones adecuadas, así sea impulsar una especie de evolución personal, prosperar la sociedad o bien, simplemente, pues hay una fuerza abstracta que dicta órdenes que deben cumplirse.

Esta reflexión viene al tema por el hecho de que hubo un detalle relacionado con la secta que no apareció en las noticias. Una vez que el rancho ardiera hasta los cimientos, alguien se aproximó al sitio, lo bendijo con un rito de purificación cristiana y plantó una cruz. Lo hizo para desterrar a los espíritus satánicos.

En otro sitio, la escena del crimen hubiera sido guardada por una cinta policial y dos agentes, esperando que la mejor protección posible es la que brinda la ley. En México, no obstante, las cosas son diferentes.

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