miércoles, abril 21, 2021

‘Transfiguration’la existencia de Olivier de Sagazan (buscando los limites)

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Decía hace unos cuantos meses –al hilo de mi crítica de Hamlet, de Roger Bernat-, que en ocasiones los parámetros del teatro son claramente difusos. Bastante de eso hay en Transfiguration, el show que el legendario artista, escultor, pintor y performer Olivier de Sagazan (Francia, 1959-) anunció en la Mostra En todo el mundo de Teatro de Ribadavia.

Transfiguration es ya un trabajo tradicional de Olivier de Sagazan –lleva realizándolo desde 2001- y es una de esas vivencias híbridas inclasificables que, van a poder estar en el límite de ser o no ser teatro – no es, por supuesto, teatro al uso; estando muchísimo más cerca de una performance contemplativa, con todo lo que eso conlleva- pero no dejan de tener enorme interés visual y atractivo. A lo mejor es por esto –por la seguridad de que nos encontramos frente algo que ni es teatro ni lo pretende- que esta es una de esas ocasiones en las que este escrito no quiere ser una sinopsis al uso, sino una mera reflexión sobre la performance.

Si lo quieren tienen la posibilidad de dejar de leer aquí, y echar una mirada a este vídeo que recopila un fragmento lo bastante riguroso de la performance, para hacerse un concepto por sí mismos; porque no es Transfiguration algo a eso que sea exactamente simple poner expresiones. Si, por el opuesto, deciden continuar leyendo; o si el vídeo les recomienda la necesidad de entender más, les espero en el siguiente párrafo.

Olivier de Sagazan aguarda en un ámbito con pocos elementos. Paja, arcilla, una palangana y algunas pinturas. Al empezar la performance, musita algunas expresiones ininteligibles, como si se tratase de alguna clase de ritual. Va a ser el comienzo de una transformación donde, durante precisamente 50 minutos, el artista esculpirá en su rostro –con la pintura, la arcilla, la paja y también el fuego; y, evidentemente, sin tener la posibilidad de visualizar qué hace…- con un concepto obsesiva que reitera constantemente: “chercher” –buscar-.

Irán apareciendo de esta forma –siempre en su rostro, por medio de lo que tendríamos la posibilidad de tener en cuenta una técnica de body-painting sobre arcilla- distintas formas, reales y construídas desde lo deducible en una búsqueda primero más concreta pero cada vez más abstracta que acabará por llevar al artista al más absoluto paroxismo físico, mental y emocional – ya avanzada la performance, de Sagazan se golpea la cabeza con insistencia contra las placas metálicas que acotan el espacio-.

Formas a las que el artista otorga vida con su cuerpo. Sin un hilo conductor preciso, es el paroxismo progresivo y enfermizo lo que marca el devenir de una utilidad donde el performer transporta su cuerpo hasta las últimas secuelas – llegando a prender fuego a la paja que se ha aplicado sobre el pelo en un instante preciso, por ejemplo- en la búsqueda de novedosas formas, de novedosas configuraciones, de novedosas posibilidades; hasta que el arte sale del cuerpo mismo de De Sagazan para plasmarse además en la pared. Es entonces cuando, de forma tímida, la performance consigue su final.

Hay en esta performance, una sensación de recurrente búsqueda de lo formal; pero, simultáneamente, tenemos la posibilidad de tener en cuenta que el trabajo de Olivier de Sagazan aquí tiene bastante que ver con la formación de la identidad –y tengamos en cuenta que la creación de la identidad se encuentra dentro de los núcleos temáticos de la presente edición de la MIT-. ¿Qué quiere lograr el artista francés? ¿Cuál es esa búsqueda que persigue?

Complicado asegurarlo con seguridad. seguramente, esa intención de hacer novedosas formas que el artista persigue de forma obsesiva, tenga algo que ver con la formación –o liberación- de identidades. De hecho, tendríamos la posibilidad de decir que todas las identidades probables –lo humano, lo animal y hasta lo espectral- se dan cita en la performance de Olivier de Sagazan; que, en el paroxismo que consigue, podría verse como una forma de sacar al exterior todo aquello que el humano – o el artista- transporta, de alguna forma, dentro de sí: mostrarlo a toda costa para liberarse de esto. Es, solamente, una lectura viable.

Por supuesto que Olivier de Sagazan consigue en Transfiguration un óptimo puñado de imágenes claramente atractivas; e impacta con esa iniciativa de llevar el cuerpo humano –como materia sobre la que esculpir- hasta sus últimas secuelas, en una vivencia sin trama ni texto –apenas una concesión musical al Vivaldi sacro, que acentúa el carácter ritual de la pieza- que empieza mirándose como una curiosidad, cautiva por algunas de las formas que alcanza; pero puede que además abra algún aspecto sobre el que detenerse en el momento de elegir cómo contemplar una performance como esta.

No cabe la más mínima de que –incluso más allá de la curiosidad- lo que hace de Sagazan es interesante tanto por el formato como por la expresividad de las formas que consigue. No va a ser teatro –no lo es-; pero, por supuesto, es arte performativo, de corte más plástico; y tiene interesante como forma de arte. Pero, quizás por ese ingrediente de performance artística, de la misma manera que captura nuestra atención en un inicio, puede que sea complejo sostener la atención del espectador a lo largo de toda la representación.

Es el formato teatral el más destacable lugar para contemplar Transfiguration? Probablemente no lo sea. La performance de Olivier de Sagazan se ve soliciar, más que la pasividad de la butaca, un formato más contemplativo, más museístico, a lo mejor que permita al espectador elegir qué ver y cómo observarlo: ¿ganaría Transfiguration como una performance museística –al estilo, entre otras cosas, de las de Marina Abramovic- o inclusive como una especide de instalación viva? Con seguridad sí.

Aparece el problema de si esto es o no teatro; qué género es esto verdaderamente y dónde debe encajarse o instalarse. Por más que no me agrade bastante etiquetar las cosas, es complicado hallar respuestas para todo ello –y, indudablemente por eso, esto no pretenda ser una sinopsis al uso-; de la misma manera que es incuestionable que lo que da Olivier de Sagazan en Transfiguration es algo exclusivo en su género, interesante en lo visual, en lo estético; e inquietante en su ingrediente performativa en sí misma. Son, sin lugar a dudas, varios estímulos como para pasarlo por prominente.

De Transfiguration se sale con un óptimo puñado de poderosos imágenes en la retina; y con no poca incomodidad por lo cual un cuerpo y una cabeza llevadas a este paroxismo tienen la posibilidad de llegar a constituir. Además con la seguridad de que no nos encontramos frente una parte de teatro-. Entonces, se van a estar preguntando qué hace esto como plato fuerte de una día de la programación de la MIT. En relación lo piensen dos ocasiones, no obstante, surgirá la seguridad de que este show tiene encaje y cabida en la MIT –por la materia de la creación de identidad; y también por ese ingrediente de teatro físico que tienen varios de los espectáculos incluidos en esta edición-.

Debo decir para finalizar que, aun sabiendo que no nos encontramos contemplando teatro, me agradó haber podido vivir Transfiguration en primera persona; y que inclusive me se ve que está bien programada en pareja con un show puramente textual y de prominente voltaje como es A. K. A. Nada tienen relación uno y otro; y, no obstante, uno y otro son la demostración que el arte, cuando es bueno, puede tomar caminos bien diversos; de la misma manera que cada espectador va a poder elegir con qué quedarse de este doblete.

No busquen una calificación; porque, evidentemente, no la hay… Quizás prefieran usar unos minutos en hacerse una rápida iniciativa de esta performance en este vídeo. Empleen ese tiempo: escasas ocasiones como aquí me se ve tan primordial VER un fragmento para hacerse un concepto de la performance. Inclusive muchísimo más primordial que leer estas líneas.

Fuente:

“Transfiguration”, compañía, dirección, interpretación y autoría: Olivier de Sagazan.

XXXV Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio do Castelo)

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