viernes, diciembre 3, 2021

Una abuela un poco psicopata

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En la estepa rusa y otras zonas habitadas por eslavos se habla habitualmente de Baba Yaga. ¿Quién es? Conforme los cuentos populares, una hechicera decadente, asesina y caníbal que decora su cabaña con las cabezas de sus víctimas. Actualmente esta historia de leyenda se usa para atemorizar a los niños; es como una versión del hombre del costal, para comprendernos.

No obstante, un buen día de julio de dos mil quince, la sociedad rusa amaneció con la sorprendente nueva de que la mítica Baba Yaga podría existir de veras y vivir en la ciudad de San Petersburgo bajo el nombre de Tamara Samsonova. Con un matiz: quienes debían andarse con mucho ojo eran los adultos.

Tras su arresto se supo, merced a las declaraciones de vecinos y conocidos, que Tamara era una mujer que no se preocupaba por disimular su furia cuando estimaba que alguien había sido desconsiderado con ella. Una furia que, semeja, fue medrando hasta volverse un genuino anhelo liquidador. Todo aquel que la incordiaba acababa desapareciendo.

LA VERSIÓN URBANA DE UN MITO


Las representaciones de Baba Yaga muestran a una hechicera de semblante arrugado rodeada de cuervos, gatos y víboras. El mito popular cuenta que vive en las cercanías de los pueblos y que sus cabañas se levantan sobre una pila de huesos de pollo.

Si nos ubicamos en el S. Petersburgo del siglo veintiuno y vemos las grabaciones de cámaras de videovigilancia que muestran a Samsonova bajando sigilosamente las escaleras de su edificio cargada con sospechosas bolsas de basura, podría recorrernos el cuerpo un escalofrío afín al que sentían los campesinos de la estepa al escuchar los viejos cuentos de terror. En esas bolsas, a propósito, Samsonova llevaba pedazos del cuerpo de Valentina Ulanova. ¿Era la última víctima de una larga serie que continuaba oculta?

En Rusia, Baba Yaga asimismo acostumbra a asociarse al matriarcado; esta hechicera mitológica representaría a una mujer fuerte que resalta por su inteligencia, su afabilidad impostada y una enorme atrocidad. En las historias folclóricas siempre y en toda circunstancia existe algún valiente tan imbécil para acercarse a sus dominios y consultarle su porvenir o bien solicitarle un favor, confiado en la aparente bondad de la vieja.

Una aventura que acostumbra a acabar con el inconsciente pagando un alto coste. Este patrón narrativo encaja con el crimen que hizo caer a Samsonova. Su víctima, Valentina Ulanova, tenía setenta y nueve años y vivía con su asesina, que había accedido a compartir su departamento con ella a cambio de una escasa cantidad y de que Ulanova se hiciese cargo de la limpieza. Por su lado, Samsonova prometió cuidar a su inquilina, mas esta última no cumplió su una parte del trato, pues se negó a lavar los trastos.

EL ÚLTIMO SORBO


Valentina Ulanova llegó al convencimiento de que iba a salirse con la suya; pensaba que Samsonova le había tomado el suficiente cariño a ella y el suficiente temor a la soledad para ceder. Conminó con irse si la forzaba a efectuar labores familiares. Samsonova adoptó una estrategia de no enfrentamiento. Fue –como Baba Yaga– inteligente, afable y cruel: echó un Fenazepam (un potente tranquilizante) en el té de la infortunada, que se durmió de manera profunda. No despertaría nunca.

Samsonova procuró desplazar el cuerpo inerte de su compañera de piso, sin éxito. Pesaba demasiado. La solución: solicitar prestadas a los vecinos múltiples herramientas con las que despedazar a la víctima, algo que empezó a hacer con Ulanova en un estado de profunda inconsciencia, mas aún viva.

De esta forma, fue cortándola en pedazos –no tardó en morir– que metió en bolsas que tiró al lado de un estanque ubicado en el distrito de Dimitrova, en la parte vieja de la ciudad de San Petersburgo. La cabeza la coció y la metió en una olla. El Comité de Investigación, la unidad de la policía rusa equivalente al FBI estadounidense, declaró más tarde que los órganos de Ulanova habían sido extraídos y que los restos encontrados en las bolsas eran solo carne, hueso y músculo.

Se desató el rumor de que Samsonova se había comido los órganos, y no asistió a disiparlo el hecho de que al detenerla en su casa, los agentes encontraran la cabeza de Ulanova cocida en una olla. al FBI estadounidense, declaró más tarde que los órganos de Ulanova habían sido extraídos y que los restos encontrados en las bolsas eran solo carne, hueso y músculo.

Se desató el rumor de que Samsonova se había comido los órganos, y no asistió a disiparlo el hecho de que al detenerla en su casa, los agentes encontraran la cabeza de Ulanova cocida en una olla.

Conforme con las informaciones filtradas después, a Samsonova le llevó solamente 2 horas deshacerse de los restos de su víctima. Apartó la carne de los huesos y limpió la sangre para cerciorarse de que no quedase indicio de su macabro acto. Realizó esta operación por la noche, mientras que sus vecinos dormían plácidamente.

Confiada en el éxito de su labor, no contaba con que perros callejeros encontrasen lo que quedaba de Ulanova en el sitio donde la había descuidado. Una cosa llevó a la otra. El olfato de los canes descubrió la existencia de más restos humanos en el área. Conforme confesó la anciana después, correspondían a dos inquilinos de los que se había agotado hacía tiempo. Se sospechaba, además de esto, que asimismo había liquidado a su marido.

Samsonova había denunciado su desaparición en dos mil cinco, mas jamás se halló el cuerpo. Era un viejo hombre de negocios desprovisto de brazos y piernas que perdió la cabeza por ella cuando se conocieron doce años ya antes.

ARTES OSCURAS Y HOJAS AFILADAS


Como acostumbra a pasar en estos casos, cuando se descubrieron los crímenes de Samsonova comenzó a revelarse una parte de su pasado. Por poner un ejemplo, que ciertas personas la consideraban verdaderamente una hechicera, una mujer con poderes mágicos. Quizá misma lo creía y de ahí que hizo lo que hizo.

Entre sus posesiones se hallaron múltiples libros de magia negra y de astrología, y dos cuadernos de notas describiendo sus siniestras actividades. Parecía de manera extraña ofuscada por especificar sus macabras recetas de cocina. Asimismo dejó anotados múltiples consejos sobre la supresión de restos.

Una de las entradas decía: “Maté a mi inquilino Volodya, lo corté en pedazos en el baño con un cuchillo y después metí esos pedazos en bolsas de plástico que fui tirando en zonas diferentes del distrito de Frunzensky”.


“EN SÓLO DOS HORAS DESCUARTIZÓ EL CUERPO, SEPARÓ LA CARNE DE LOS HUESOS Y LIMPIÓ LA SANGRE.”


¿PSICÓPATA O SIMPLE CHIFLADA?


Esta sórdida historia abunda en vaguedades, cotilleos y suposiciones. La acusación de canibalismo no ha podido probarse, por servirnos de un ejemplo. No pasa de ser una morbosa hipótesis basada en la ausencia de unas partes del cuerpo de Valentina Ulanova, que bien podría contestar a una táctica de encubrimiento en vez de a la presunta afición de Tamara Samsonova por la ingesta de vísceras humanas escogidas por ella misma.

De los inquilinos que afirmó haber puesto fuera de circulación, uno de ellos apareció tiempo después para testificar en contra suya. Conforme se dedujo de su testimonio, Tamara era una dueña aborrecible más que una hechicera con poderes.

La policía acabó por sospechar que el contenido de sus cuadernos respondía más a una psique desganada que se creaba películas para pasar el tiempo que a la de una genuina asesina en serie similar a Hannibal Lecter. En verdad, investigaciones siguientes confirmaron que, mucho ya antes de su arresto, Samsonova había pasado largas temporadas en diferentes centros de salud siquiátricos. Los restos humanos hallados por los perros no pudieron identificarse.

Además de esto, sus vecinos notificaron a las autoridades que estaba interesadísima en la historia de Andréi Chikatilo, el mayor asesino en serie de la historia de la Unión Soviética, quien mató y devoró cuando menos a cincuenta y dos personas entre mil novecientos setenta y ocho y mil novecientos noventa (ver recuadro a la izquierda).

A lo largo de su juicio en dos mil quince, Samsonova declaró: “Me he estado preparando para este instante desde hace unos años. Todo lo hice a propósito, de manera consciente. Con este último asesinato he cerrado, al fin, un capítulo. Soy culpable y merezco ser castigada”.

A continuación, empezó a lanzar besos a los cronistas. La imagen que dejó fue más la de una abuela con vocación de stripper que la de una heredera de Jack el Destripador. Samsonova terminó siendo condenada a una reclusión para toda la vida en una corporación para enfermos mentales. A juicio de los jueces, su enfermedad la exoneraba de cualquier responsabilidad en el homicidio de Valentina Ulanova.

Mas prosigue alardeando de asesina caníbal en serie. ¿Baba Yaga reencarnada o bien una excéntrica desquiciada de anudar?

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